Me corrieron del trabajo, estoy desempleado.
Ya no me ama, y me pidió el divorcio.
Su enfermedad, es incurable, me siento impotente frente a este dolor.
Fui cobarde e infiel, la perdí para siempre.
Mi pareja me engaña.
La persona que amo, ha fallecido.
Estas son algunas de las causas más populares en nuestra sociedad, que al momento de vivenciarlas, nos conmocionan de manera profunda al punto de provocarnos en una gran cantidad de casos, un: “Infarto emocional”.
Este “desgarro psico afectivo”, que provoca a posteriori trastornos físicos reales, nos voltea espiritualmente al punto de morir repentina y dolorosamente, en esa relación específica que se rompió, ya sea con nuestro trabajo, pareja, amistad o familiar que enfermó, o partió de este plano de existencia.
Y como todo desgarro el dolor es profundo, incontenible, de las entrañas. Intensas grietas recorren nuestro campo emocional abriendo paso en el mejor de los casos y a modo de “drenaje de las heridas”, a las lágrimas que depuran la aflicción, aquellas que en cierto sentido, descomprimen el peso de la pérdida.
Ciertamente es un estado emocional delicado, entramos en una especie de “terapia intensiva” donde todo suceso interno o del entorno, se sobredimensiona provocando altibajos en nuestro ánimo, desgastando nuestra salud rápidamente.
En este tipo de eventos, tomamos conciencia inesperadamente, de haber perdido una parte de nosotros.
Estuvimos tan confluenciados en esa relación que al fragmentarse, literalmente la sentimos como si nos hubieran arrancado una extremidad del cuerpo, y en cierta forma desde los sentimientos así resulta: algo perdimos o nos fue removido agresivamente de nuestro mundo emocional, y vivenciamos entonces, el dolor de su ausencia.
En estas circunstancias corremos el grave peligro de sucumbir en un estado de “coma emocional”, donde literalmente nos quedamos colgados de recuerdos distorsionando la realidad manifiesta; apegados a ese afecto que ya fue, sin voluntad de soltarlo; temerosos de mirar nuestro presente deseando dormir intensamente a la espera de encontrar en sueños, un pasado que ya no existe, o buscando respuestas a cuestiones irremediables.
¿Cuántas personas de nuestro entorno se encuentran en este sufrimiento?
¿Cuántos de nosotros estamos precisamente recorriendo este doloroso camino?
¿Cuántos de los que ahora están leyendo estas líneas, se hallan inmersos en estos acontecimientos sintiéndose desanimados sin saber que hacer, sin intentar siquiera, recuperarse?
¿Acaso tú, has tenido o sufres de un infarto emocional?
Sabes, ciertamente el ser humano es capaz de recobrarse íntegramente de esto. No es un anhelo fantasioso, ni una expresión de deseos, es una verdad contundente y realizable que requiere fundamentalmente de tres acciones personales a saber:
1) Soltar el dolor del pasado, sin perder la memoria de los hechos
2) Sanar el presente, con acciones apoyadas en nuestro deseo de vivir en equilibrio
3) Proyectar a futuro una nueva vida, un nuevo tiempo
¿Cómo? Es la pregunta del millón, y hay tantas respuestas como personas habitamos el mundo. De todas maneras ciertas pautas generales nos asisten a encontrar luz en el camino.
El olvido o negación de los hechos, no nos ayudan a realizar el “duelo” necesario que toda pérdida requiere para su aceptación y asimilación.
Si optamos por distraer nuestra realidad tratando de olvidar lo ocurrido, estaremos posdatando la resolución del conflicto, manteniendo latente la posibilidad de repetir con más fuerza, un nuevo infarto emocional.
Es una verdad comprobada el recordar los hechos que otrora nos lastimaron, sin sentir ningún tipo de dolor, en el momento en que comprendemos a esa vivencia en lo particular, como parte de la experiencia en nuestro aprendizaje de vida.
El auto encierro; el boicotearnos la posibilidad de asumir nuevas relaciones por temor a que se repita la historia; o el aferrarnos a recuerdos tangibles e intangibles creando espejismos a nuestros sentidos, tampoco ayudan a una recuperación armoniosa.
Por el contrario estas actitudes nos debilitan aún mas, manteniéndonos en “terapia intensiva emocional”.
El proceso de asumir una pérdida afectiva, de transitar el camino de sanación de estas lesiones provocadas por los lazos que se rompieron; en definitiva, el camino de recuperarnos de un “infarto emocional” es único e individual, y cada uno de nosotros contamos con un tiempo natural, personal, exclusivo e intransferible para superarlo.
Este tiempo será aprovechado positivamente, a través de las “ansias de vivir” y las acciones que en consecuencia realicemos sostenidamente en el tiempo.
Claro está, los primeros pasos del “tratamiento” son costosos, no encontramos el ánimo suficiente, sentimos el cuerpo pesado y doliente y en ocasiones, nos aferramos ilusoriamente a otra persona para cubrir el vacío, al igual que un “respirador artificial” que nos brinda el aire necesario, para seguir viviendo.
En ocasiones estos “respiradores artificiales” nos ayudan, aunque no son suficientes para sanarnos.
A sabiendas de todo esto, la primera decisión y actitud que tomamos es clave para el recorrido subsiguiente, el deseo de vivir en equilibrio se sustenta puntualmente, de la fuerza y constancia que le imprimamos a esa acción inicial.
Es fundamental el convencimiento racional de saber que “se puede”, para luego internalizarlo emocionalmente.
Emprender el camino de la sanación integral, es efectivamente posible. Cuento con innumerables ejemplos, tanto de mis propias experiencias de vida de “muerte y resurrección emocional”, como de otras personas que me han compartido estos hechos a lo largo de estos años, confirmando que es viable transformar el dolor, en experiencia. ¡Muchos lo hemos logrado!
Hace falta estimular nuestra fuerza interna, provocar el despertar de conciencia que nos abra los sentidos en el presente; avivar el fuego eterno que nos alienta a la vida, y nos provoca el discernimiento necesario para darnos cuenta que:
“Es posible morir, y renacer de nuevo”.
Escrito por: Ricardo Raúl Benedetti.
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